Varias Iglesias cristianas en Siria han cancelado los actos públicos de Semana Santa y Pascua 2026, limitando las celebraciones exclusivamente a oraciones y misas en el interior de los templos por motivos de seguridad.
La decisión fue anunciada por el Patriarcado Melquita Greco-Católico de Antioquía y otras comunidades cristianas tras el ataque sectario del pasado 27 de marzo en la localidad de Al-Suqaylabiyah (provincia de Hama), donde grupos armados procedentes de una zona suní vecina irrumpieron en el pueblo cristiano, dispararon contra viviendas, saquearon comercios y destruyeron símbolos religiosos, generando pánico y amenazas entre la población. Las autoridades del nuevo Gobierno sirio intervinieron, pero la tensión ha llevado a las Iglesias a suspender procesiones, representaciones al aire libre y cualquier acto que pudiera exponer a los fieles.
Este grave episodio se produce mientras Ahmed al-Sharaa —líder de facto de Siria y antiguo jefe de Jabhat al-Nusra— se encuentra de visita oficial en Berlín.
Ante ello el silencio a imperado, pues ningún país ni organización internacional ha dicho algo al respecto, no han dedicado una sola línea de condena o preocupación. Un mutismo que contrasta de forma escandalosa con la inmediata y vehemente reacción que suelen mostrar cuando se trata de cualquier otra cuestión relacionada con Oriente Medio.
Mientras los cristianos de Siria se ven obligados a rezar a puerta cerrada por miedo a nuevas agresiones, el hombre fuerte del régimen que no garantiza su protección es agasajado en el corazón de Europa. Una vez más, Occidente prefiere mirar hacia otro lado.









