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UNA AMISTAD PURA, SANTA Y VERDADERA

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Se encontraron frente a frente por primera vez cuando el Papa polaco visitó el hogar más antiguo de las Misioneras de la Caridad, en India, y quedó consternado por lo que veía. Para la Madre Teresa, ese 3 de febrero fue el día “más feliz de su vida”; para él, la prueba del dolor infinito. Ella era albana, pero para Wojtyła, el primer Papa polaco de la historia, Teresa sería siempre la “verdadera Buena Samaritana”. Ninguno de los dos imaginó que serían santos y que los canonizaría el Papa Francisco, en el siglo XXI.

San Juan Pablo II y Santa Teresa de Calcuta siguieron siendo amigos cercanos y se visitaron varias veces a lo largo de los años. El mismo cariño y afecto de sus gestos se repetía una y otra vez en cada nuevo encuentro, hasta que la religiosa falleció en 1997.

Juan Pablo II quiso hacer un «regalo» a su amiga. Normalmente, suelen esperarse cinco años para iniciar un proceso de canonización en la Iglesia católica. Con ella, hizo una excepción. De hecho, él mismo la beatificaría en 2003. En su homilía de aquel momento la definió como una «valerosa mujer», destacando su amor por los pobres y su cercanía a la Eucaristía y la oración.

«Con el testimonio de su vida, la Madre Teresa recuerda a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la caridad, alimentada en la oración y en la escucha de la palabra de Dios», dijo el, por entonces, papa.

El propio Karol Wojtila reconoció la admiración que le despertó la «esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad».