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TESTIMONIO: DOS VECES CON CÁNCER, UN HIJO AL BORDE DE LA MUERTE… JESÚS EUCARISTÍA LA SANÓ Y LE HIZO GRANDES MILAGROS POR SU FE

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Los médicos le dijeron que sin su ayuda no saldría adelante: «Tengo un Dios sanador», respondió.

Redacción religionenlibertad.com

Para Esmeralda el adorar el Santísimo ha sido la respuesta a sus más grandes aflicciones, con el Santísimo alcanzó el milagro contra el cáncer de ella y de su hijo. La historia de Esmeralda es un testimonio de fe que destaca y manifiesta el poder de Dios por medio de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Milagros de cáncer y otros más

En el año 1997 la mexicana Esmeralda Salazar Carretero, originaria de Córdoba, Veracruz, y madre de tres hijos, llegó a Estados Unidos, estableciéndose en Eugene, Oregon.

En 1998 se casó por lo civil, y en 1999, «por invitación de mi hermano mayor, me empecé a involucrar en un grupo de oración carismático en la parroquia de Santa María, en Eugene».

Reconoce que, antes de eso, desde que era hija de familia, «sólo iba a Misa mandada por mi madre, pero no fui una persona que realmente ejerciera la fe católica».

El cáncer llega por primera vez

En 2003 recibió la noticia de que tenía cáncer.

«Decidí someterme a un tratamiento, además de que me fui involucrando cada vez más en la oración«.  Dicho tratamiento consistía en 3 quimioterapias «y sólo aguanté una. Me di cuenta de que no iba a resistir».

«Le dije a mi médico: ‘No quiero seguir con el resto del tratamiento. Yo tengo al mejor médico, que es Dios’. Me respondió: ‘Qué bueno que creas en tu Dios, pero ese Dios no existe’. Le dije: ‘¡Sí existe, yo lo conozco! Y no quiero someterme a la segunda sesión de quimioterapia porque siento que es veneno para mi cuerpo'».

El médico la hizo firmar un papel que indicaba que ella se retiraba del tratamiento y ya no estaba más bajo la responsabilidad de él.

«Firmé el papel y me fui ante el Santísimo Sacramento y le dije: ‘Señor, Tú sabes lo que yo siento en mi cuerpo con ese medicamento. Pero yo confío en Ti, y sé que Tú me vas a sanar«.

Esmeralda oraba fuertemente, y se sometió a una cirugía para que le extirparan el tumor. Los cirujanos le informaron después de la operación: «Se te quitó el cáncer, no va a volver«.

Para Esmeralda el adorar el Santísimo ha sido la respuesta a sus más grandes aflicciones. 

Un calor sanador

A pesar de la afirmación de los médicos, 3 años después, en 2006 —año en que ella pudo casarse por la Iglesia— el cáncer regresó a Esmeralda.

«Fue un cáncer más fuerte que el anterior. Fui a ver al médico y me dijo que requería una segunda cirugía, pero que me tenían que enviar a la ciudad de Portland porque mi colon estaba comprometido».

Esmeralda tenía cita un día lunes para su operación quirúrgica, pero el sábado anterior acudió a una noche de alabanza en Eugene.

«Esa noche, cuando estábamos en un canto al Espíritu Santo, yo cerré mis ojos y, mientras alababa a Dios, empecé a sentir algo caliente desde mis pies hasta mi cabeza«.

«Al final eso caliente terminó concentrándose en mi vientre, en mi abdomen y en mi espalda. Y de pronto sentí como si de mi vientre me arrancaran como una raíz, o como si me hubieran arrancado el intestino. Yo pensé que esa sensación se debía a algún esfuerzo, a algún movimiento que hice mientras alababa al Señor».

Sólo hasta que acabó la noche de alabanza los presentes le contaron a Esmeralda lo que había ocurrido: «Me dijeron que yo había caído en descanso en el Espíritu, y que había permanecido así por 15 minutos. Yo no me di cuenta, simplemente me desvanecí y me pareció que yo veía a Jesús que me estaba cargando«.

El lunes se presentó Esmeralda en Portland para su operación. El cirujano le indicó que, antes de explicarle cómo sería la operación, la enviaría a que le hicieran dos ultrasonidos, uno externo y otro interno, a fin de que todo fuera muy preciso en la cirugía.

«Me hicieron los análisis, y le entregué al cirujano un disco con los estudios que me había hecho mi médico de Eugene, donde se veía cómo estaba mi colon,  mi matriz y la parte del ovario que me habían dejando en mi operación anterior».

Cuando el cirujano recibió los resultados de los nuevos ultrasonidos le dijo a Esmeralda: «¿Tú qué estás haciendo aquí? Tú no tienes cáncer«.

No podía caminar

Además de sus dos episodios de cáncer, Dios permitió que Esmeralda  viviera otro sufrimiento físico en su persona: «Cuando yo trabajaba en una compañía, me caí de resbalón de un camión y me lastimé la espalda a la altura de la cintura. Se me quebraron dos vértebras«.

«Los terapeutas me decían que el dolor era porque los huesos quebrados estaban rozando el nervio ciático».

«Yo tenía mucha dificultad para caminar y para sentarme; si me sentaba no me podía parar, y si me acostaba en la cama no me podía levantar. Mi esposo me  llevaba a las misas, y yo me arrastraba para recibir la Eucaristía; él me quería ayudar, pero yo le decía: ‘No, yo tengo que recibir al Señor por mis propios medios, sea como sea'».

Su fortaleza siempre fue la oración perseverante y confiada.

Fentanilo

En el año 2010 se sometió a una cirugía en la espalda, y le implantaron un estimulador para ayudarla a caminar, pues perdía fuerza en las piernas.

Gracias a esto «quedé mejor, pero no al cien por ciento. Entonces me mandaron a una clínica donde me dieron fentanilo para el dolor. Yo no sabía nada de esa sustancia. Eran unos parchecitos que me ponía en el brazo».

«Usé los parches por 3 meses, hasta que un día decidí ya no utilizarlos porque sentí que no me estaban haciendo bien. Porque con el fentanilo yo podía hacer muchas cosas, pues me daba mucha fuerza y nada me dolía; pero, si no me lo ponía, tenía dolor de huesos, de espalda, de cintura y de todo, como si me hubieran golpeado entre muchas personas».

Esmeralda le avisó a la doctora que la atendía «que había tomado la decisión de dejar el fentanilo. Se molestó, pero le respondí que no me hacía bien, y añadí: ‘Yo tengo un Dios que todo lo puede, y Él me va a ayudar en este sufrimiento'».

Pero la abstinencia le causó «crisis de nervios, ansiedad, desesperación. Entonces acudí a un lugar donde dan terapia para lidiar con el problema de las drogas, pero no me gustó como le hablaban a uno ahí, así que me levanté y dije: ‘Nada tengo que hacer aquí, porque yo tengo un Dios sanador’, y me contestaron ahí: ‘Está bien que creas en Dios, pero sin nosotros no vas a salir adelante‘».

Esmeralda acudió al Santísimo: Le lloraba y suplicaba que la sanara de la ansiedad que sentía por culpa de la droga. «Yo aún tenía 6 cajas con parches de fentanilo en un cajón, y sentía como que algo jugaba en mi mente y me decía en un oído: ‘¡Usalo, úsalo! ¡Te va a ayudar!’, mientras que en mi otro oído me decían: ‘¡No, no lo hagas! Jesús tiene poder para sanarte, no lo hagas’. Y lo que terminé haciendo fue quemar los parches«.

«Y Cristo me liberó«, continúa Esmeralda, señalando que todo el tiempo estuvo acudiendo con insistencia a la intercesión de la Santísma Virgen María, y que incluso antes, cuando estuvo hospitalizada en un sexto piso, su habitación se llenó de olor a rosas. «Yo me preguntaba por qué olía así, y miré hacia la ventana y la silueta de la Madre de Dios se formó en el vidrio».

Hijo desaparecido

Esmeralda cuenta que su hijo mayor, de nombre Iván, «no vivía conmigo en Estados Unidos. Cuando él tenía 7 años yo se lo había dejado a mi madre en México; pero su papá fue por él y se lo quitó a mi madre y lo trajo a Estados Unidos».

«Yo no sabía nada de mi hijo. Cuando trataba de buscarlo, el papá de Iván desaparecía con mi hijo, se movían de estado en estado».

Asistiendo Esmeralda a un retiro de oración en Eugene, el predicador Omar Torres dijo en la asamblea por don de conocimiento: «Aquí hay una mujer que está muy preocupada y en una gran necesidad. Le quiere arrebatar ese milagro a Dios, pues se lo ha pedido mucho».

Dice Esmeralda: «Yo no capté que ese mensaje fuera para mí». Pero al final del retiro el predicador se acercó a ella: «Me dijo que Dios le había revelado que tenía un regalo grande para mí«, y le indicó que hiciera una novena a santa Teresita del Niño Jesús. «Me dijo: ‘Si tú haces esa novena, santa Teresita te va a alcanzar el milagro de encontrar a tu hijo’. Eso fue en junio de 2011».

«Volví a casa y comencé enseguida la novena. Y en el noveno día, justo cuando la terminé y recé el rosario a la Virgen María, mi hijo Iván me llamó por teléfono».

Cuando Esmeralda recibió la llamada de Iván, dudó, pues la habían tratado de extorsionar en diversas ocasiones. «Me hacían llamadas, y alguien me decía que era mi hijo y que estaba en Tijuana, y que, si yo no mandaba dinero, le iban a mochar los dedos».

Iván preguntó «si me acordaba de él; contesté que no, y él dijo que era mi hijo Miguel Iván, así que le respondí: ‘Joven, ya otros han tratado de hacerse pasar por mi hijo, así que le pido por favor que no juegue mis sentimientos. Pero vamos a hacer una cosa: si usted dice que es mi hijo, dígame quién es mi mamá, cuántas hermanas tengo y quiénes son sus tías'».

«Entonces él me contestó: ‘Mi abuela es la señora Gloria, y mis tías son fulana, fulana y fulana’. Y en ese momento me entró un calor en todo mi cuerpo y exclamé ‘¡Gracias, Dios mío!’ y perdí el conocimiento«.

Enfermo y abandonado

Su hija y una comadre acudieron a ayudar a Esmeralda, tratando de que despertara. La hija cogió el teléfono y dijo: «Mi mamá se acaba de desmayar, ¿quién eres?», y recibió esta respuesta: «Soy tu hermano Iván», lo que la hizo exclamar: «¡Oh, hermano! ¡Cuánto tiempo buscándote, y mi mamá no te encontraba!», y lloraron los dos.

Cuando Esmeralda despertó, tomó el teléfono y preguntó a su hijo cómo estaba, e Iván le contestó: «Mamá, me estoy muriendo. Tengo un tumor maligno en mi cabeza«.

Esmeralda de inmediato le compró a Iván un boleto de autobús para que pudiera viajar desde Kansas, donde vivía, hasta reunirse con ella.

«Cuando llegó, mi hijo olía a muerto, a descomposición, a podrido. Tenía una bola en su cabeza por un aparato que le pusieron para que le recolectara líquido. Y traía tanto sus zapatos como sus calcetines rotos, con sus pies llenos de lodo, y le pregunté por qué; me contestó: ‘Mamá, yo vivía en la calle. Me operaron en el hospital de niños con cáncer, y mi papá me abandonó ahí; los doctores lo trataron de buscar, y cuando me dieron de alta, una maestra me auxilió'».

Sin embargo, cuando ya no pudo permanecer con aquella maestra, Iván terminó viviendo en las calles desde los 14 años, pasando frío y comiendo restos de comida de los botes de basura de los restaurantes. Se escondía entre cajas de cartón para que la policía no lo recogiera.

«Le quedan 3 días de vida»

Dice Esmeralda que, al momento de encontrar a su hijo, «ya tenía 17 años, pero actuaba como un niño que no sabía lo que hacía». Entonces mi esposo me dijo: ‘No me gusta cómo actúa tu hijo, pero estoy contigo en las buenas y en las malas. Hay que llevarlo con un doctor, y si dice que está enfermo y necesita ayuda, se queda contigo; pero si dice que está sano, se regresa con su papá'».

«Enseguida me puse a orar y le dije al Señor que confiaba en que Él haría lo que fuera necesario. Hice cita para Iván con la pediatra de mi hija, y, después de revisarlo, la doctora me dijo que lo que él tenía era grave y que había que llevarlo al hospital de cancerología en Portland».

«Así lo hicimos, pero la cita era el Día de Acción de Gracias. El médico que ahí lo examinó me dijo: ‘Señora, lamento decirle que a su hijo sólo le quedan 3 días de vida. No tenemos cirujanos porque todos están de vacaciones y regresan hasta la próxima semana. Duerma con él, abrácelo, apapáchelo, porque su hijo necesita un cirujano especialista en el cerebro, y el que tenemos se acaba de ir de vacaciones a California. Haremos lo posible por encontrar alguno, pero no podemos asegurarle nada».

Apenas regresaron a casa, Esmeralda corrió a visitar al Santísimo Sacramento y le suplicó: «Señor, lo pongo en tus manos, pero no me quites a mi hijo; yo lo acepto como Tú me lo quieras dejar».

Ella salió de ahí con la fe de haber sido escuchada. «Llegué a casa y mi hija me dijo que un doctor había hablado por teléfono, diciendo que ya habían encontrado un cirujano. La operación fue al día siguiente y duró 16 horas».

Después de eso Iván estuvo en terapia intensiva. «Y yo no dejé de rezar, de suplicarle a Dios durante el mes que mi hijo estuvo en el hospital en medio de curaciones y de terapias, porque la operación le iba a afectar el habla«.

Iván, tras una cirugía de urgencia a la que tuvo acceso de forma providencial. 

Un retiro, el último paso

El tumor que le quitaron a Iván tenía el tamaño de una pelota de beisbol, pero la raíz de dicho tumor, que comenzaba en la zona de la glándula pituitaria, no pudo ser extraída porque había riesgo de dejarlo en estado vegetativo.

«Mi hijo obtuvo su sanación en un retiro en Monte Ángel, Oregon,  —cuenta su madre—. Él no quería ir, pues me dijo que los doctores ya habían hecho todo lo que se podía, pero yo lo invité a dar el último paso».

«Eso ocurrió un mes de noviembre, y tenía programada su cita en enero para que vieran los médicos si la raíz que no pudieron arrancar había crecido».

«En el retiro, el padre Darío Bencosme empezó a orar fuertemente, se acercaron 3 religiosas y comenzaron a orar en lenguas, y mi hijo comenzó a gritar agarrándose la cabeza, como si algo le hubiera sucedido».

Llegó enero y los médicos se quedaron sorprendidos porque, al hacerle a Iván dos estudios en los que se puede ver totalmente el cerebro por dentro, la raíz del tumor ya no estaba.

Actualmente Iván tiene 31 años y, atestigua Esmeralda, «es una persona normal, que usa una computadora, que se desempeña como supervisor manager, encargado de más de 150 personas».

Esmeralda, con su hijo Iván.