Agosto 15, 2022

HERMOSO TESTIMONIO DE UNA RELIGIOSA QUE AGRADECE A SUS PADRES EL HABERLA DEJADO DE BEBE EN UNA CASA DE RELIGIOSAS

HOY, ELLA COMO SUPERIORA AYUDA A MUCHOS NIÑOS CON AMOR Y ALEGRÍA

Hace 60 años, un hombre y una mujer llegaron al orfanato de la Divina Providencia e Hijas de María, en la colonia Agrícola Oriental, en México. Traían un niño de dos años y una bebé casi recién nacida, de apenas 15 días. Los dejaron a las religiosas con la promesa de que un día volverían a por ellos.

Esa bebé es hoy la hermana Mayín, la superiora de la comunidad desde hace tres años. Ella fue acogida y ahora ella es la acogedora. Esperó encontrar algún día a sus padres y sabe lo que sienten muchas de las niñas que atiende hoy.

Una infancia muy feliz aunque austera

La hermana Mayín recuerda que su infancia con su hermanito y las religiosas fue muy feliz.

“Tenía yo unos 8 años cuando empecé a darme cuenta de la manera en que las madres se desvivían por nosotros y por todos los demás niños; y a cobrar conciencia de que también existía un mundo allá afuera. No era que no saliera. Era que empezaba a entender la realidad”, recuerda.

Miraba a las religiosas a su alrededor y le llamaba la atención el reto de ser como ellas.

Aún no tenía 10 años y ya sentía un deseo de ser religiosa de la Divina Providencia e Hija de María.

Vocación clara... y preguntas sobre su origen

A los 15 años dejó a un lado su sueño de ir a Disneylandia, cerró la puerta al matrimonio y decidió pedir formalmente su ingreso en la comunidad religiosa. La norma exigía tener al menos 17 años, pero el entonces Vicario para la Vida Religiosa le otorgó un permiso especial

Así empezó su vida de religiosa, que vivía con alegría y plenitud. Pero en su interior se mantenía la pregunta sobre su origen.

Toda su vida la había pasado en la casa de acogida, y sabía bien las razones que llevaban a algunos padres a dejar a sus hijos. A veces, lo sabía, era la pobreza absoluta: que el niño al menos tuviera alimento asegurado. Sospechaba que por eso la dejaron a ella y su hermano y no sentía rencor por ello.

“Y si algo habría que perdonarles, yo desde el principio perdoné a los dos. No les podría guardar rencor. Me dejaron al inicio de un camino en el que siempre está Dios, y en el que encontré la alegría que hay en el servir”, explica.

Ella no ha encontrado a sus padres terrenales, pero se alegra viendo familias que se reencuentran y cuidando a gran cantidad de niños que van pasando por su vida.

“Mis papás dijeron que regresarían. Yo a veces digo en broma: ‘A lo mejor no les ha dado tiempo’. Ya no creo que vengan. Eso sí, le pido a Dios me conceda encontrármelos en el cielo, y darles las gracias de todo corazón por haberme dejado aquí, en un lugar en el que pude poner mi vida al servicio de Dios y de los niños. 

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