Jueves, 28 Mayo 2020

MONSEÑORES BARRETO Y CASTILLO: NO OLVIDEN A SANTO TORIBIO

Por: Luciano Revoredo

A lo largo de la historia la iglesia fundada por Cristo siempre estuvo del lado de los más necesitados. Los ejemplos abundan, en el caso peruano podemos con orgullo exhibir la mayor cantidad de santos frente a cualquier país del continente.

Lamentablemente desde aquellos iluminados tiempos en que derramaban su santidad por calles y plazas del Perú Santa Rosa de Lima y los demás santos peruanos, amén de otros que se encuentran aún en proceso de canonización, mucha agua ha corrido bajo los puentes del Rímac.

El Perú siempre tuvo grandes desastres naturales, en contraste a su también enorme riqueza natural. Grandes tragedias como el terremoto y tsunami de 1746, en que el 80% de la ciudad de Lima y el Callao desaparecieron vienen ahora a nuestra memoria. En esos casos siempre la iglesia estuvo de lado de los más afectados, de los desvalidos, de los pobres. Dando confortación y consuelo material, pero sobre todo espiritual.

Todo desastre, era motivo de grandes rogativas, procesiones y misas, pidiendo a Dios la paz y la salud espiritual y física para el Perú.

Hoy que nos afecta la pandemia del Coronavirus, la cabeza de la iglesia peruana, a través de un comunicado de la Conferencia Episcopal, abandona espiritualmente al pueblo de Dios. El controvertido Monseñor Barreto en representación de la CEP, con el aval del Arzobispo de Lima Monseñor Castillo, nos priva de la Misa, se recomienda a los fieles seguirla por radio y televisión, como si alguna emisora o canal transmitiese la Misa. Esa es la verdadera indicación, pero considerando que algunos sacerdotes fieles a su vocación sigan celebrando la Misa, invocan a comulgar en la mano, con todos los riesgos que esta desdichada costumbre implica ante la manipulación de la hostia en la que se encuentra en Cuerpo, Alma y Divinidad Nuestro Señor Jesucristo.

Bien harían estos impíos encaramados en los más altos puestos de nuestra iglesia en verse en el espejo de Santo Toribio de Mogrovejo. Quien cuando llegó una terrible epidemia gastó sus bienes en socorrer a los enfermos, y él mismo recorrió las calles acompañado de una gran multitud llevando en sus manos un gran crucifijo, rezándole y pidiendo a Dios misericordia y salud para todos.

¿Son capaces Barreto, de tan oscuro pasado en Huancayo y desde su soberbia de administrador de la iglesia y Castillo tan aficionado a la buena vida de dejarlo todo por los pobres? ¿Son dignos de seguir el ejemplo de Santo Toribio que recorrió tres veces toda su diócesis a lo largo de 16 años de permanente caminata de unos 40,000 kilómetros visitando y ayudando a sus fieles?

Santo Toribio de Mogrovejo, ocupando el mismo cargo que Castillo recorrió palmo a palmo su inmenso encargo territorial, pasó por caminos jamás transitados, llegando hasta tribus que nunca habían sido contactadas a las que hablaba con amor de pastor y en las diferentes lenguas nativas que se preocupó en aprender. Al fin de su vida, luego de tan fructífera labor,  envió una relación al rey en la que daba cuenta de haber administrado personalmente los sacramentos a  más de 800,000 personas.

Fue tan grande Toribio de Mogrovejo que  el Papa Benedicto XIV lo comparó, por sus actuaciones, a San Carlo Borromeo, el famoso Arzobispo de Milán.

Curiosamente San Carlos Borromeo es recordado por su actuación frente a la peste. Roberto de Mattei, el notable historiador y catedrático italiano nos recuerda: “La peste no tenía visos de disminuir, y Milán era una ciudad desierta, porque un tercio de la población había perdido la vida, y los demás estaban en cuarentena o no se atrevían a salir de su casa.

El arzobispo ordenó que en las principales plazas y encrucijadas de la ciudad se erigiesen unas veinte columnas de piedra coronadas por una cruz para que los residentes de todos los barrios pudiesen asistir a las misas y rogativas públicas asomados a las ventanas de sus viviendas.

Uno de los santos protectores de Milán era San Sebastián, el mártir al que habían recurrido los romanos durante la peste del año 672. San Carlos propuso a los magistrados milaneses reconstruir el santuario dedicado al santo, que estaba en ruinas, y celebrar durante diez años una fiesta solemne en su honor. Por fin, en julio de 1577 cesó la peste, y en septiembre se colocó la primera piedra del templo cívico de San Sebastián, donde el veinte de enero de cada año se sigue celebrando todavía una Misa para conmemorar el fin de la epidemia”.

San Carlos caminó diariamente por las calles dando consuelo a los enfermos y llevando la comunión y los sacramentos a los moribundos. Que lejos de estos ejemplos se ven nuestros aburguesados y progresistas pastores que han renunciado a todo, que nos quieren privar de la Misa y los sacramentos y retiran sin vergüenza alguna  la presencia de Dios de la sociedad ante la aparición de esta nueva peste.

Debieran seguir el ejemplo de estos grandes santos, o al menos el que hoy nos da Polonia, donde lejos de eliminar las Misas, se han multiplicado, de modo que haya menos gente en cada una. Claro que es más fácil vivir del aplauso del mundo y renunciar a la fe.